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Biblioteca Digital Vrtice


por El Editor
22/06/15


Ediciones digitales de descarga gratuita

 


0) SANTA BIBLIA

     versión Straubinger, traducción y notas, COMPLETA

 


1) PHANTASTES. COSAS DE FANTASÍA

     de George MacDonald

 


2) LO QUE TE ESPERA DESPUÉS DE TU MUERTE

     de Albert Frank-Duquesne

 


3) LEYENDO A TOLKIEN

     de Jorge N. Ferro

 


4) CHAUCER

     de Gilbert K. Chesterton

 


5) LA ABOLICIÓN DEL HOMBRE

     de Clive S. Lewis

 


6) EL QUINTO EVANGELIO

     de Giacomo Biffi

 


7) DESDE LA EXPERIENCIA DEL PENSAR

     de Martin Heidegger

 


8) CASTELLANI (1899-1949)

     de Sebastián Randle

 


9) ALARMAS Y DIGRESIONES / EL ACUSADO

     de Gilbert K. Chesterton

 


10) LA DESCOMPOSICIÓN DEL CATOLICISMO

     de Louis Bouyer

 


11) SAN MIGUEL, ARCÁNGEL DE DIOS

     de Alfredo Sáenz

 


12) SATÁN

     de Albert Frank-Duquesne

 


 

• La descarga es gratuita.

• Las primeras ocho obras sólo en PDF por el momento    pulsar en cada título, y una vez en la página pulsar “digital” en el menú de la derecha para descargar el archivo.

• Las últimas cinco obras también en formato MOBI / EPUB / FB2    los vínculos para la descarga desde MEGA están en el cuadro de la reseña de cada una


 

Anbal D'Angelo Rodrguez


por El Editor
24/02/15


In Memoriam

1927  †  2015

In memoriam

Aníbal Domingo D'Angelo Rodríguez

15 de junio, 1927

21 de febrero, 2015

En este mundo, hay dos clases de personas.

Por un lado, están los que no lo conocieron.

Por otro, los que tuvimos -Dios sabrá por qué- el raro privilegio de saber que vivió entre nosotros uno de los últimos afables caballeros de lucidez y coraje que parió la Argentina, si acaso no fue el último.

[del blog Ens]

*  *  *

«El mundo moderno, enfermo de igualitarismo, rechaza considerar la existencia de hombres superiores y hombres inferiores y no entiende –en consecuencia– la catástrofe que significa tener una clase dirigentes formada por hombres inferiores».

(del Prólogo a Perogrullo & Compañía, de Leonardo Castellani)

descargar desde mega


 

Celoso guardin


por El Editor
21/11/14


Sobre las ediciones argentinas de los libros de Castellani

 

En el apreciado blog Castellaniana han resuelto otra vez darle cabida a los comentarios de un tal “Pampeano”, quien, como fruto de sus rondas, y según lo que se deduce de sus ironías, aparentemente pudo comprobar la existencia de ejemplares clandestinos de algunas obras del padre Castellani tanto en una “librería de la calle Solís” como en Vórtice.

Todo lo que podía decir al respecto ya lo dije mediante nota que el mismo blog tuvo la gentileza de publicar en su momento, y de la cual no corrijo una coma. Pero aprovecho la insistencia del celador para incluir ahora otras cuestiones, parte de las cuales hacen a la vida íntima de un humilde emprendimiento familiar y amical como Vórtice, cuya marca está sostenida en nombres y apellidos que este guardián anónimo ha decidido ensuciar en cumplimiento de alguna misión desconocida.

1) Vórtice es, específicamente, una editorial que hace ya muchos años no realiza tareas de distribución de otros fondos editoriales, pero aún cuenta con una pequeña librería que atiende en horarios reducidos y en la cual se exhiben y venden, acorde a las posibilidades físicas del local, una selección de otros productos editoriales aparte de los propios, con especial énfasis en algunos autores.

2) Uno de los autores que se privilegian es, lógicamente, Leonardo Castellani, pues no por nada la primera obra que decidimos publicar, allá por 1989, fue El Apokalypsis de San Juan, que dio comienzo a nuestro oficio editorial. Vale la pena recordar que, luego de haber editado cinco títulos más de tan querido autor (incluidas dos reediciones), a causa de razones ajenas tuvimos que dar por terminada la tarea. La involuntaria cesura tuvo por broche o frutilla la misma obra con la que nos iniciamos, El Apokalypsis, que reeditamos en 2005; sin embargo, esta suerte de paradoja recién la pudimos constatar años después, en 2008, cuando nos vimos obligados a deshechar la edición ya terminada de otro libro del padre, Perogrullo y Compañía, que sin embargo había sido convenida con el entonces tenedor de los derechos. Lo hecho, hecho quedó. Todos los títulos editados siguen figurando en nuestro catálogo, aún agotados, como punto de orgullo. No nos dio oro, nos dio dicha, que es más valiosa que el oro.

3) Desde el 2005 hasta al presente, la única obra de Castellani que se publicó en la Argentina fue Juan XXIII-XXIV, por parte de la librería Lectio (Córdoba), en 2013. Hubo ediciones de algunas de sus obras en España, pero sólo llegaron a pocas librerías argentinas, en exiguas cantidades y a precio elevado. Según se informa, también su Lugones tuvo acá una reedición a cargo de la Biblioteca Nacional, mas formando parte quizás de alguna colección protocolar, pues no circula. En definitiva, han pasado casi diez años con apenas la edición argentina de un solo libro (o dos) de Castellani, y hay que apuntar que tal ausencia no se debe a la falta de interés de las editoriales argentinas, al menos de varias de ellas, incluida Vórtice.

4) Además de que conservamos ejemplares de dos de los títulos editados, La reforma de la enseñanza y Cristo ¿vuelve o no vuelve?, más otros pocos que en su momento fueron adquiridos a su anterior editor, Jorge Castellani, y a la anterior poseedora de los derechos, Irene Caminos, no sé si hace falta explicar que todo libro suyo que nos ofrecen, nuevo o usado, es en Vórtice bienvenido, bien pagado, bien exhibido y bien vendido. No tenemos ninguna obligación de cuestionar o investigar la procedencia, del mismo modo que no nos interesa en lo más mínimo conocer la identidad o la función de los comentaristas vigilantes. Que se apersone, en todo caso, quien corresponda. Mejor por sí que por apoderado.

5) Pero además, ¿no te das cuenta?, éste es el resultado de una inexplicable terquedad (lo digo sin ningún ánimo ofensivo o belicoso) que ya es hora de considerar. Supongamos que alguien obtuvo del estado, por equis motivo, la concesión de la laguna de la que bebe el pueblo, y a partir de entonces los pobladores se vieron impedidos de acceder a ella porque el concesionario la alambró y se ausentó o se cabreó o qué sé yo. Estaban todos dispuestos a pagar por el consumo, dadas las circunstancias, pero: o no le pareció nunca suficiente el precio justo, o tenía la expectativa de que alguien invirtiera en una gran cisterna que en menor tiempo le diera mayor beneficio, o intentó mudar de país la laguna pero sólo consiguió estibar unas cubas, o quizás se obstinó en imponer el sabor que debía tener esa agüita para el que la bebe. Sea lo que sea, la laguna siguió vedada, y como la sed no se puede controlar, tarde o temprano los pobladores iban a hacer lo que empezaron a hacer: entrar por las noches con unas cubetas, treparse a las ramas con baldes encordados, ocultar caños y mangueras en el pasto... Al final armarán hileras para pasarse los tachos de mano en mano, tal como se hacía antes para apagar un incendio.

6) A cada cual lo suyo, ¿quién lo niega? Más todavía: ¿quién es el que lo impide? Un principio moral, y del sentido común, más viejo que el más viejo de los antepasados: el que obtiene un derecho, obtiene a la vez un deber. Luego fortalecido por el Evangelio: obtiene ante todo un deber. Así que: explíquese o cállese. Mejor aún: restitúyase y edítese. Pero ya basta de vigilar y rezongar.

7) ¿Un título cada diez años? ¿Cuánto falta para que El Evangelio de Jesucristo vuelva a caminar? Va de vuelta: ojalá los libros que escribió el padre Castellani recuperen en la Argentina el lugar que se merecen, que los argentinos se merecen. “Que todos quieran ayudar”, incluidos los vigilantes. Lo quiera Dios.

Alejandro Bilyk

 


 

Ordenando las cosas


por El Editor
13/08/14



 

Estrategia comercial


por El Editor
30/10/13


Hablemos de negocios

 La web es multípoda. Definitivamente lo es, sobre todo en lo que hace a las redes sociales, donde las producciones y los sucesos pueden estirarse sin límites. Multípoda y elástica, así es la red. Nadie sabe bien qué puede provocar el millonésimo tentáculo cuando llega a su incierto destino. Algo que se inició en el punto alfa, rodeado de silencios y mesuras, puede asomar la cabeza en el punto omega, como pechugona que sale de la torta, para habilitar el festejo. Exagero, lo sé: aunque ocurren cosas así, no ocurren todos los días ni se pueden planificar, al menos hasta donde sabemos, o hasta donde queremos. No obstante, sostengo la imagen y digo que acá no sólo es posible mostrarse, sino algo mejor aún: mostrar. Y lo que se muestra puede, más que desarrollarse, desenrrollarse.

   Me sorprendió leer, en un comentario de una entrada compartida (mirá vos cómo hay que hablar), que una persona aseguraba no entender cuál era mi "estrategia comercial", desde que me decidí a "regalar" la versión digital de un libro que acabo de editar, el "Chaucer" de Chesterton. Su amable anfitrión le respondió que, de este modo, quien no tuviera el dinero para pagarse la edición (el libro en papel) podía no obstante tener acceso a esa buena lectura.

   Otro despotricó un poco contra el inmenso Gilberto, afirmando que impone tanto su personalidad que, al leerlo, se termina sabiendo más de él que del tema tratado por él... Al cual le respondo de manera rápida y remota diciendo que un gran autor sigue siendo tal aun cuando oficia de biógrafo, y en eso mismo será inmejorable, ya que sólo un gran autor puede realmente alternar con su biografiado. Nuestro tamaño está en lo que adoramos: allí se mide lo grande y lo pequeño. Es justamente debido a su grandeza que Chesterton, al hablar de Chaucer, logra que Chaucer hable de Chesterton, para que al fin los dos, con siglos de distancia entre medio, terminen conversando delante nuestro, desde más allá del mar y del tiempo, sobre Alguien superior a ambos, más elevado que los siglos y más profundo que los océanos, y más amplio incluso que el propio Chesterton.

   Pero volvamos a esa curiosa expresión moderna, la de la "estrategia comercial". Repito, en primer lugar, lo que fue dicho en una entrada anterior: el "Chaucer" de GKC no tiene dos ediciones –una impresa y otra digital– sino una sola, digital; la cual está preparada para ir a la imprenta, pero también para que acceda de manera simple a la pantalla o a la impresora de cada cual, convirtiéndose así en una impresión doméstica. En segundo lugar, esta edición digital/pre-impresa (ya exploraré neologismos) es completamente gratuita y no forma parte de una estrategia comercial de ningún tipo. Si la hay, todavía no se me ocurrió; y si se me ocurre, la voy a arruinar. Así que aviso: los que quieran venir a comprar libros de papel, bienvenidos, pero blogueros y megustadores (o pulgarcitos) tendrán el mismo descuento que cualquier conocido –con la debida acreditación. Ahora bien, si no vienen  jamás, o son de esa clase si-te-he-visto-no-me-acuerdo, y lo único que quieren es leer buenos libros sin costo, pues ahí tienen los libros; por ahora hay sólo cuatro pero habrá más, con salud y algo de tiempo.

   Llegados a este punto, tal vez ya podemos dejar de lado eso de la estrategia comercial y emplear mejores términos. Déjenme entonces decirles algo más: pocas veces encontré una generosidad tan espléndida como la del querido Carlos Rafael Domínguez, que no sólo ha traducido varios de los libros que ya edité y varios de los libros que, si Dios quiere, voy a editar en el futuro –alguno en papel, no se crean–, sino que además, a sus 85 años, sigue adelante pico y pala en los cimientos de Babel... Con un ejemplo así, sumado al de su amigo Antonio Pío, ¿qué otra cosa puedo hacer más que tratar de seguir la estela? Son personas como éstas, y otras más que ya mencioné en su momento, las que permiten que los grandes naveguen los ríos revueltos y desembarquen su celebración en cualquier dársena. (Por eso firmo con iniciales u oficios, mi amigo, por una especie de pudor reverente: soy de lo peor pero me rodeo de lo mejor.) Hay quien sabrá conseguir, por aquí y por allá, otra versión castellana impresa del "Chaucer" de GKC. Pero ahora, gracias a ellos, puede conseguirla quien quiera y en todos lados.

   Ésa es mi estrategia, aprovechar los recursos y conservar estos libros, aunque un día me harte de los caprichosos tentáculos del pulpo social y emprenda la retirada: quedará la página "web" y aún habrá otros alojamientos en el éter. Conservarlos aunque de un puntapié me saquen de la "nube": los enviaré por "mail" o se traerán un "pen" y les haré una copia –mientras tomamos un mate... si estoy con tiempo y me caen bien.

   Pero si se acaba la electricidad, o se cae para siempre el sistema, o el pulpo encuentra su cabeza... ahh, entonces sí, escuchen mi consejo: imprímanlos en casa y consérvenlos al viejo estilo vegetal, por si acaso. Y en tiempo oportuno abandonen la red, la web, la nube y el chat, vuelvan al papel y agárrense de la mano de los grandes, de los niños como Chesterton. Liberados de prisas y estrategias, déjense llevar por esas manos de tinta, manos de pluma, manos aladas, y disfruten de las cosas buenas que puede hacer el alma en la tierra cuando conoce el modo de escribir en el cielo.


 

El libro dual


por El Editor
15/05/14


 Aunque son cada vez menos los que pueden arriesgar una definición de "alma" –en el exhausto círculo de quienes aún sostienen su existencia–, son cada vez más los que pueden explicarnos qué es un geek o un stalker. En este terreno, obviamente, la polémica es limitada, ya que “googleando” todo se conoce. Una rápida búsqueda “wiki” y tenemos lo que queremos, sea el alma  o la capital de Camboya. Sin embargo, no deja de sorprender el metabolismo de este lenguaje informático, la pasmosa facilidad con que se auto-reproduce mediante ramas de fonemas de aplicación instantánea y global. A cada nuevo sustantivo electrónico, un curioso verbo existencial: “twitear”, por ejemplo.

      Lo que resulta especialmente significativo, en relación con esta entrada, es que los vocablos concernientes al libro, o más específicamente, al libro digital, como rtf, doc, pdf, lit, epub, mobi (meras conjunciones de siglas, abreviaturas ordinarias y vocalizaciones provincianas), queden tan lejos de los conceptos y tan cerca de las onomatopeyas y los tropiezos labiales.

      Empecemos por evitar el lenguaje soez. Acá, en este sitio, como mucho –y con angustia– se dice libro o lector digital, para diferenciarlo (forzosamente) del verdadero libro, el de tinta, papel y cartulina. Toda otra cosa son marcas de fábrica y anglosajonadas chinas. Espero que se e-ntienda.

      Vamos al punto. La disyuntiva parece simple: o libro de papel, o libro digital. Sin embargo, un texto armado puede ser ambas cosas a la vez, si es que se arma el original pensando en este doble destino, la imprenta y la pantalla. Por mi parte, no pienso someter un libro preparado para la imprenta a un programa pirulo que, al convertirlo a formato digital, lo deshace, le anula la justificación, le desparrama los guiones, le come los espacios, le pisotea el diseño y luego te manda a buscar las notas al sur de Camboya. Y encima lo deja inservible para la imprenta. Es una cuestión de principios, digamos, pero también de contabilidades. Las grandes editoriales pueden diversificar los productos porque tienen una tropa en cada departamento, mientras que yo estoy solo en un departamento con olor a tropa.

      Hay algo más. Tal propósito me permite conservar una ilusión intermedia: el libro quedará listo para su impresión, pero si no llega a la imprenta grande –por eso de la falta de flujo financiero–, puede llegar a la pequeña, la impresora personal. Y una vez impreso, si su operario doméstico lo hace encuadernar decentemente, va a parecerse más a un libro clásico que a un acrílico moderno. Además, como digo, tambien podrá ser leído en la computadora o lector digital, si así lo prefieren. Dos en uno. Y gratis.

      No sé después de cuánto tiempo y de cuántos libros llegaré a la medida más apropiada (de fuentes, márgenes, caja), pero no me vendría mal que colaboren, indicándome qué falta y qué se puede mejorar. Los tres libros ya editados bajo este concepto (Phantastes, Leyendo a Tolkien y Lo que te espera después de tu muerte) contienen un defecto en este sentido: no se pueden leer bien en las pantallas más chicas. Eso se debe sobre todo a la falta de experimentación –y de pantallas más grandes. No estoy en condiciones de reprochármelo tanto, ya que la presbicia cunde; aun así, en el que viene,Chaucer, creo haber mejorado también ese aspecto... y tal vez desmejorado algún otro. Nada es perfecto, acá y por ahora.

      Seguiré adelante con las ediciones impresas, por supuesto. Como dije, no es sólo una cuestión de principios, sino también de contabilidades (de algo hay que vivir). Pero seguiría aun si el libro digital llegase a reemplazar por completo al libro de papel. Porque, como dije, no es sólo una cuestión de contabilidades, sino también de principios.

      La única mala palabra que acepto es "pdf". En ese formato me planto, al menos hasta que no inventen un procesamiento más integral y una nueva gárgara lingüística. Y si digo que me planto, me planto, por mucho que mis amigos ya tecnologizados recomienden marcas como ésa parecida al huevo de chocolate e insistan con las delicias del (con perdón) "mobi" o "ePub".

      Aunque el énfasis puesto en ese último, viniendo de ellos, empieza a generarme una fuerte sospecha.


 

El libro digital


por El Editor
19/10/13


Es indudable que está llegando para quedarse. Y es fácil predecir que su desarrollo técnico será incesante, que va a ser de uso común y que va a reemplazar, en la vida de muchas personas, sobre todo las más jóvenes, al libro de papel. El margen de duda –y espacio de discusión– es el siguiente: si va a terminar desalojando definitivamente al viejo libro; si va a generar un nuevo modo de lectura (y con ellos, de proceso mental); y, en definitiva, cuán beneficiosa o perjudicial será su tecnológica aparición, dada la multitud de aplicaciones que trae aparejadas.

     En principio, es nada más que una herramienta. Si bien partiría de asombro la mandíbula de un hombre de principios del siglo XX, no deja de ser un artefacto y un vehículo. Igual que lo fue, y aún lo es, nuestro libro impreso, que tal vez irá convirtiéndose en un producto como de talabartería, un objeto decorativo, el habitante mimado de algunas futuras tiendas de antigüedades.

     La nueva tecnología textual es instrumental y moralmente neutra, sí. Tanto como la energía atómica. Pero, todo sea dicho, también los aromados libros de papel fueron portadores de desorden y destrucción. Nuestros mayores problemas nunca empiezan por lo que ponemos afuera, sino por lo que ponemos adentro.

     Dejemos por ahora tales consideraciones. Lo cierto es que un editor actual no puede quedar al margen de este desarrollo. El libro digital ya forma parte del escenario de su oficio. Respecto del libro de papel, el tema a plantearse, mirando al futuro, es si deberá a la vez conservarlo o de una vez abandonarlo. Es temprano no sólo para decidirse, sino incluso para asegurar que llegará el turno de una decisión de esa naturaleza. Por ahora conviven papel y pantalla, y por un buen rato así será. Pero es indudable que ya, ahora mismo, han cambiado las reglas de juego.

     Hay un aspecto, algo parecido a un giro de la fortuna –no precisamente de la fortuna material, pero sí en relación con ella–, que saltó a mi vista hace unos años, apenas presentada la innovación tecnológica: ¿no será éste el camino para editar y reeditar las obras de tantos autores que no sólo quedaron afuera "del mercado" por razones de oficialismo cultural y esnobismo general, sino también por la impotencia económica que caracteriza al pequeño club de editores del que me complace formar parte?

     En otras palabras: todos estos grandes autores apenas ganaron una moneda con su talento, y creo haber sido al menos coherente con ellos (y con los que me antecedieron, y con los que me acompañan) ganando apenas una moneda con mi impericia. Perdido por perdido, el desenlace está cantado: ¡victoria! ¿Qué mayor honor y felicidad que poder al fin editar y difundir gratuitamente? ¿Qué mayor libertad?

     Claro que, electrónicos o impresos, seguimos hablando de libros. Por eso, perro viejo, lo que haga, lo haré a mi manera. De la que daré explicación en una próxima entrada, en vísperas de la aparición del cuarto libro de nuestra Biblioteca Digital.


 

Librero: primeros ajustes


por El Escribidor
12/12/12


La palabra librerío no existe en nuestro diccionario. Apenas se encuentra como nombre comercial en algún rincón de la red, sin que conste su significado. No tengo pretensión de fundar un neologismo (eso lleva mucho trámite), pero aprovecho la vacante y la empleo en esta columna, ya que en varios sentidos se ajusta, o puede ajustarse, a lo que quiero decir.

Su connotación es amplia: libro, libre, río, lío. Y, por supuesto, librería. Todo lo cual da forma a una semántica salvaje, ya lo sé: es cosa por la que tengo afición. Si quisiera construir una definición más o menos ordenada, creo que lo haría de esta forma: “librerío son los libros como caudal insubordinado, turbulenta correntada de agua, barro y mugre”. O sea el amasijo literario en el que estamos inmersos, que es una de las causas principales de nuestro estado mental. Asombroso y paradojal a la vez, pues, si la vista y el oído no me fallan, cada vez hay más libros pero cada vez se lee menos.

La palabra librerío no existe en nuestro diccionario. Apenas se encuentra como nombre comercial en algún rincón de la red, sin que conste su significado. No tengo pretensión de fundar un neologismo (eso lleva mucho trámite), pero aprovecho la vacante y la empleo en esta columna, ya que en varios sentidos se ajusta, o puede ajustarse, a lo que quiero decir.

Su connotación es amplia: libro, libre, río, lío. Y, por supuesto, librería. Todo lo cual da forma a una semántica salvaje, ya lo sé: es cosa por la que tengo afición. Si quisiera construir una definición más o menos ordenada, creo que lo haría de esta forma: “librerío son los libros como caudal insubordinado, turbulenta correntada de agua, barro y mugre”. O sea el amasijo literario en el que estamos inmersos, que es una de las causas principales de nuestro estado mental. Asombroso y paradojal a la vez, pues, si la vista y el oído no me fallan, cada vez hay más libros pero cada vez se lee menos.

 

¿A qué nos referimos cuando hablamos de “libros”? Es difícil saber adónde fue a parar esta denominación, desde que el surgimiento del e-book dejó de lado la característica básica del libro tal como lo hemos conocido hasta hoy: una serie de hojas impresas y unidas por el lomo. Pero, siendo objetivos, con la aparición de la imprenta, el libro ya había dejado atrás su antigua forma de papiro o pergamino manuscrito y enrollable, tal como se empleó durante siglos. El cual, a su vez, fue la superación de la escritura sobre tablillas de arcilla o de madera. Corteza o pergamino, papel o pantalla, todas son instancias históricas del “libro”, en cuanto cumplen esencialmente el mismo objetivo: ser depósito perdurable del pensamiento. La apariencia es secundaria, en principio.

Del mismo modo que una carreta no es idéntica a un automóvil, un rollo de pergamino no es idéntico a un volumen impreso, ciertamente. Pero en ambos casos hablamos de vehículos cuya razón de ser no se ha modificado: la carretera y la literatura. Y la finalidad también siguió siendo la misma: unos transportan cosas, animales y personas; los otros escrituras y lecturas. Dejemos para más adelante la incidencia de cada formato específico en la operación del entendimiento y prestemos atención a este otro punto: aquello que llamamos “libro”, tenga el aspecto que tenga, es un medio de transporte de pensamientos, definiciones, revelaciones, modos de expresar la vida y el mundo, puntos de vista, imaginaciones, posturas frente a la realidad.

Depósito y vehículo, eso es un libro. No es que la modalidad de escritura o de lectura no tenga importancia, sino que cumple una función inferior y subordinada. Un libro es literatura y la literatura es pensamiento, y el pensamiento responde a otra clase de formatos: lo cierto y lo falso, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo. Lo demás es secundario. Cualquier modalidad de escritura sirve para trasladar, por ejemplo, esta sentencia de un premio nobel que encontré impresa en un suplemento literario, a modo de frase para la agenda: “Estoy completamente convencido de que una persona que lee, y que lee bien, disfruta muchísimo mejor de la vida”. Si este pensamiento viaja y perdura, ¿qué importancia tiene el modo en que lo haga? Esta afirmación de Vargas Llosa no es sino la reiteración de un engaño que sigue dando la vuelta al mundo: lo importante es el libro, no su contenido; lo que importa es la lectura, no lo que provoca.

Recuerdo a Filmus ministro, en el 2007, en plena campaña por la intendencia, inaugurando la Feria del Libro argentina y vanagloriándose de haber entregado gratuitamente a los porteños un millón de ejemplares diversos, entre los que se contaban escritos de Rodolfo Walsh y Marco Denevi. En realidad no eran libros, sino folletos de 16 páginas, con sendas cartas introductorias de Heller y el propio Filmus. Una nota en un periódico concluía con esta graciosa reflexión: “El kirchnerismo se esperanza con que al menos los porteños les den una leída antes de encontrarles alguna utilidad”. Filmus la copió en su página.

El libro, nada más que el libro, sea de quien sea, diga lo que diga, es objeto de veneración, motivo de dicha, signo de salud espiritual. Un ídolo. Pero repito: no es una ingenuidad sino una falsedad, un engaño. Hay dos clases de censura: convencional y encubierta. Por mandato prohibitivo y por dominio del “mercado cultural”. Está a la vista cuál es la única eficaz. Pero me conformo en esta ocasión con solamente rozar el asunto.

Si es para leer ciertas cosas, ¿es conveniente que la gente lea? No se trata de leer o de leer bien, como dice el nobel, sino de leer algo que haga bien. Hasta donde sea posible, bello; pero sobre todo cierto. Es lo único que se puede “leer bien”. Para el peruano, por el contrario, fuente de libertad y felicidad es la incertidumbre, “una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar”. Ahí tenemos una idea dañina puesta en un envase ordinario, más bien mersa, de fácil consumo.

En fin, da lo mismo que el pensamiento viaje en onda electrónica por la red o en las alforjas de un camello por las orillas del Caspio. Cualquiera sea el formato, el error seguirá siendo transportable y perdurable. Pero también la verdad, aunque ya no lo parezca.

Letras, ideas, posiciones: hacia allí nos dirigimos. No creo que sea necesario inventar más vocablos para representar la turbulencia actual. Ni necesario ni conveniente, al menos para mí. Si no me controlo, mi mente vana, buscando interpretar el presente estado del pensamiento y la literatura, no logrará sortear un imaginario acoso de letreros, letrinas y deposiciones.

 * * *

En este nuevo formato de e-book o libro “digital” se llevan publicados cientos de miles (por decir una cifra) de títulos antiguos y modernos. Sin embargo, a la par, siguen imprimiéndose cada vez más libros “de papel”. Es decir, continúa aumentando la cantidad de ediciones en ambos formatos. En otras palabras: el e-book no es una modalidad de reemplazo, no todavía, y quizás nunca lo sea (aunque su producción ya no se detiene). Lo que digo es fácil de constatar, recorriendo librerías, catálogos y suplementos literarios. Se cierran librerías, sí, pero se abren otras, reales o virtuales, y todas rebalsan de volúmenes, novedades y reediciones. En todos los tamaños y para todas las aplicaciones. Se puede verificar de manera sencilla, contando los títulos mencionados en un solo ejemplar de un suplemento literario. Aun filtrando, para mayor comodidad, los libros de cocina, las cartas secretas de Clark Gable a Lady Margot y las visiones de la duquesa de Jarapatilla, la cantidad de ediciones impresas y digitales es abrumadora.

Como una reconquista que provoca mayor emoción esa segunda vez, el libro pasó a ser ahora objeto de devoción. Sin embargo, es difícil encontrar a alguien leyendo; con suerte, algún joven solitario en un umbral o en un tren. Las últimas imágenes que tengo son de hace bastante y se ubican en colectivos: un muchacho esmirriado con un libro de Savater y un joven rabino con su Torá. De esto último tengo pruebas; de aquello no, estaba lejos. Así que, ¿quiénes leen tantos libros? Por todos lados se ve a la gente apretando teclas, no pasando páginas, ni siquiera páginas electrónicas. ¿Los tomos se acumulan en la mesita de luz y se degluten noche tras noche? ¿La gente asiste a las bibliotecas públicas? –¿quedan bibliotecas públicas? ¿Leen 10 páginas de cada libro y los abandonan para siempre? ¿Los reader, cargados a reventar, sirven de adorno? Tal vez un tres por ciento de la humanidad se encarga de asimilar el noventa por ciento de los libros editados, a modo de un experimento gnóstico. O en una de ésas –no sé si me sorprendería– sólo los buenos libros encuentran verdaderos lectores, y lo demás es filfa.

La situación actual también se podría describir como el repunte previo a una enfermedad o un peligro terminal: imagen bradburyana que es útil considerar, aun cuando se advierta, en principio, algo muy  distinto. ¿Mayor variedad y tiradas reducidas? También está eso, aunque no alcanza para justificar la cantidad de librerías, reales y virtuales, y la abundancia de sus listados y estanterías. Y apenas me atrevo a pensar en el surgimiento de otro canal de blanqueado, pues parece un absurdo que hasta Volkoff descalificaría. Pero, insisto, todo debe ser considerado en la primera aproximación.

¿Cómo se explica tal estrépito literario? ¿Acaso el género humano, en su mayor parte, se volcó a escribir y a leer sin cesar? Quizás me veo condicionado por la realidad de mi propio contexto y oficio, y en realidad éste es un fenómeno principalmente argentino, o aun más, específicamente porteño. Podría haberme inclinado hacia esta hipótesis en la segunda mitad del siglo pasado, en pleno auge de la “ciudad que no duerme”, pero lo cierto es que muchas de las características de aquella Buenos Aires desaparecieron; ésta tiene otros motivos para el insomnio. De todos modos, una realidad más abarcativa queda indicada en las “ferias del libro” locales o internacionales, donde se puede apreciar la cantidad de títulos editados en muchos puntos geográficos, además de las grandes ciudades.

Confieso que no quiero ir de inmediato a la respuesta sencilla; a saber: que realmente se leen todos los libros que se editan; no todos los ejemplares de cada título, pero sí una buena cantidad. Eso explicaría muchas cosas, mas no soy dado a creer en las explicaciones simples; no al menos en las explicaciones tan simples. Habría que demostrarlo, y demostrarlo es imposible. Porque, además, está fuera de duda que todos dedicamos, quien más, quien menos, una cantidad de horas diarias a la pantalla. Lo cual conspira contra la lectura convencional, no sólo porque falta el tiempo físico, sino porque empieza a faltar el ojo físico. Y ni qué decir la capacidad de atención. En fin, lo único que podemos hacer es tratar de construir una hipótesis. O mejor dicho, proveernos de elementos para construir una hipótesis.

Pero antes de llegar a eso, algo más. Es procedimiento rutinario el intentar determinar, ya puesto un resultado, qué acciones o sucesos condujeron a él. Por ejemplo, si se eliminó en una persona su atracción natural hacia los animales, tal vez se deba a que a partir de cierto momento su casa fue invadida por los perros; y si son las flores las que ya no soporta, quizás haya ocurrido que su esposa lo encerró durante un mes en un vivero, o en una sala repleta de las deshojadas margaritas de Vargas Llosa. La saturación es una estrategia eficiente: siempre genera un fuerte sentimiento de repulsa, que muchas veces perdura. ¿Es esto lo que ocurre, un contra-fahrenheit? ¿Nos inundan de lecturas para que, en última instancia, la acción de leer (y de pensar) nos termine repugnando? Encima, hay manipulaciones y repeticiones ideológicas que son como rebencazos en el lomo, pero facilitan la domesticación.

Sea por agotamiento, miedo, hartazgo o acumulación de incertidumbres, el punto de llegada es siempre el acostumbramiento. Exista o no un plan, existe un resultado. Pero si el plan existe, ¿qué hombre o grupo puede tener el poder suficiente para llevarlo a cabo? Contra esto, ¿quién dijo que se trata nada más que de un plan humano? No descarto la advertencia de Chesterton: una buena novela de detectives no debe contar nunca con una aparición sobrenatural para la resolución del crimen. Claro, Chesterton sabía que ese recurso estaba reservado a la más sublime de las novelas de detectives, escrita a lo largo de capítulos inmensos que recorren la entera historia del mundo, con personajes fantásticos y oscuros y seres invisibles o triviales que se dirigen a un desenlace imposible de imaginar.

Es cierto que no hay que achacarle al maligno aquellas cosas en las que nos destacamos por nuestra cuenta, sin necesidad de aporte externo. Pero, por bueno que sea nuestro desempeño, parece haber algo más, algo que hace cada vez más sólida y perdurable esta curiosa edificación literaria. Algo como un revoque que no es aplicado por el albañil durante la jornada, pero que el hombre encuentra allí cada mañana al retomar su tarea.

Las imbecilidades, las injusticias, las crueldades, las canalladas que conocemos y presenciamos todos los días, nacen de errores y malas disposiciones que tienen su origen en algunos puntos neurálgicos, la crianza y la docencia sobre todo, pero también la literatura, el pensamiento escrito, sea ensayo o novela, impreso o digital, manual o revista, cartel o folleto.

En lo que hace a nuestra exclusiva competencia terrena, me inclinaría a pensar que aquello que denominamos “mundo cultural” –principalmente su núcleo central: artistas, pensadores, profesores, críticos, productores, comunicadores– no es más que una abigarrada y estática turba en la que cada uno de sus miembros señala con pasión hacia un lugar distinto, y aún más apasionadamente defienden la ilusión de que se dirigen al mismo lugar. O mejor, una calesita grande y veloz en donde los jinetes gritan, giran, disfrutan y practican ademanes victoriosos con sus espadas magníficas, mientras sueñan que avanzan hacia la tierra de fantasía. En definitiva, no saben lo que hacen ni hacia dónde van, pero lo ejecutan de manera exultante. Ahora bien, si tales imágenes son aceptadas, es porque ponen en evidencia algún tipo de realidad más compleja, lo cual es indicio de una acción externa a la de los centros culturales; y, en el fondo, extrínseca a la libertad humana.

Paparruchas mías, seguramente. Proceden de suponer con ingenuidad que sé muy bien cuáles cosas no desatendería en ningún momento, si fuera el diablo. Pero aun cuando respecto de varias cosas pueda comportarme como una clase de diablo, no lo soy. Y dado que las suposiciones e imaginaciones referidas a esa creatura no se deben tomar a la ligera, ya mismo cambio de párrafo.

Para venir a anoticiar, a quienes no lo sabían, que el pasado 17 de noviembre, desde la madrugada, se congregaron alrededor de 40 mil personas en las inmediaciones de la librería El Ateneo (Santa Fe y Callao, Buenos Aires). Cuadras de fila y horas de espera. Hacia el mediodía se conoció el motivo de la congestión: de tres camiones de mudanza empezaron a descargar ejemplares del  libro Nada que perder, autobiografía de Edir Macedo, brasileño fundador de la “Iglesia Universal del Reino de Dios”, con 30 millones de seguidores sólo en su país. El holding Planeta, editorial a cargo, informó que se vendieron en esa ocasión, a razón de pesos 90 cada uno, y directamente en la vereda, cerca de cincuenta y seis mil ejemplares de la historia del “obispo” pentecostal, con sabrosos detalles de su estadía en la cárcel. El dato parece más que suficiente como para suscitar la curiosidad de tantos miles de personas, aunque adivinamos que el libro también incluye otras muchas ideas y travesuras de este hombre que paró de sufrir hace rato.

Es nada más que el extracto de una columna en letra chica, en la página 3 de otro suplemento literario argentino. El mismo desde cuya penúltima página, la 28, en un recuadro aún más pequeño, la escritora mendocina Liliana Bodoc nos anticipó el contenido de su próxima novela: el evangelio según un perro que acompañó a Jesús durante sus últimos días.

 * * *

La mayor parte de la literatura moderna es una extenuante repetición, no de ideas gastadas, sino de ideas que jamás pudieron usarse. Una y otra vez las mismas, dichas de infinitas maneras a lo largo de los siglos, en cantidad y variedad suficiente como para mantener al gentío de cada época medianamente expectante y contenido. Y acostumbrado. Ideas que siempre proclaman en primer lugar la felicidad del individuo, para mantenerlo circulando sobre sí mismo dentro de un circuito asegurado.

El criterio de verdad, para este avejentado pensamiento, sólo consiste en aquello que es posible inventar o imaginar. Sus promotores han trabajado incansablemente para que el hombre apague su instinto religioso, reniegue del misterio, tuerza su creencia, ignore la revelación, se aleje de la realidad. Y la primera realidad que el hombre desatiende es, paradójicamente, su propia alma. Sin la razón, el hombre queda encerrado en un túmulo, donde ya sus expectativas resultan inservibles. La imaginación se atiborra de sí misma y, al fin, literalmente hablando, se abarrota. Por eso la literatura actual se reduce casi enteramente a la ficción y al efecto visual, y esta capacidad de fingimiento es el único talento que se exige y que se aprueba. A eso quedó atado el arte y todas sus manifestaciones, porque a eso quedó atado el pensamiento: a la imaginación y al deseo. Una trayectoria evasiva, un centro de diversiones, una fábrica de imposibilidades: es muy difícil hallar un punto de verdad dentro de una literatura cuyas únicas razones proceden de la propia literatura.

La inteligencia, una vez alojada en el espacio de una idea errónea o absurda, o lo que es casi lo mismo, en la periferia de un mal libro, sólo conserva la capacidad ilusoria y pugnante propia de una jaula. No una jaula pequeña y angosta, sino tan extensa y amplia como el mundo que se percibe a través de los barrotes. ¿Con qué se alimenta el hombre? Con algo de comida que le arrojan y un tacho de agua roñosa. Con frases sueltas.

Las diferencias esenciales se dan entre los distintos pensamientos, es decir, entre los distintos autores. Pero el viaje a través de la mala literatura y los malos libros –las ideas confusas, las fabulaciones egocéntricas, los clausurados senderos imaginarios, las incertidumbres– es siempre el mismo, sea cual sea la modalidad que se elija. Los autores de malos libros, por cualquier mano que circulen, recorren un solo asunto como la única verdad: que el hombre es el centro y el fin de todo. Sea en el pescante de una carreta o en el volante de un automóvil, quien conduce un vehículo con estas ideas a bordo es nada más que un chofer.

* * *

En el año 2009, el escritor Heriberto Yépez le dirigió estas líneas a Carlos Fuentes, el reconocido autor mexicano:

“Primero que todo, obviedad, usted construyó parte de la mejor literatura mexicana. Y sospecho que –y he aquí parte central de la presente carta tránsfuga– la novela mexicana contemporánea se trata de la fragmentación de las distintas novelísticas implícitas en su obra. Unos se quedaron con su afán polifónico-totalizador; otros con su afán minimal-estilístico. Y en el futuro otros se quedarán con su novela para lector común. La literatura no es angelical; es consanguínea de las condiciones psicohistóricas de su época. Por ende, su forma literaria refluja la estructura del Partido Revolucionario Institucional”. La cursiva no es mía.

Si las ideas dependieran solamente de la expresividad, de la imaginación, del formato, de la disciplina ideológica, de la cantidad de ejemplares o de los premios de los jurados, difícilmente encontraríamos algo de buena literatura en el mundo. Nadie podría calmar la sed con agua limpia.

Pero las mejores obras, y todos los pensamientos que aún responden al impulso original de la vertiente, seguirán encontrando cauces protegidos. Se habrá empequeñecido esta realidad, se habrá angostado, pero aún existe y siempre hallará su curso.

En 1945, con motivo de la publicación de Vocación de escritor, de Hugo Wast, Castellani le había enviado al autor una carta, de la que copio un fragmento:

“Su libro trivial y fino, su libro vagabundo y anecdótico, su libro amable y chistoso, me ha hecho el efecto de un cañonazo, me ha recordado demasiado fuertemente que esa liviana vocación de escritor que tenemos todos los argentinos, lejos de ser una especie de privilegio de caburé, puede ser en los designios arcanos y juguetones de la Providencia el único medio posible y practicable de salvar mi pijotera alma. Porque detrás de sus anécdotas está su alma. Y un alma es un explosivo” (leer completo).

Como se ve, dos formatos distintos, de escritor a escritor. Pero ya estamos empezando a hablar de cosas extraordinarias, así que mejor sigo en otro momento con estas desmañadas reflexiones sobre el librerío en el que estamos metidos.

 

¿A qué nos referimos cuando hablamos de “libros”? Es difícil saber adónde fue a parar esta denominación, desde que el surgimiento del e-book dejó de lado la característica básica del libro tal como lo hemos conocido hasta hoy: una serie de hojas impresas y unidas por el lomo. Pero, siendo objetivos, con la aparición de la imprenta, el libro ya había dejado atrás su antigua forma de papiro o pergamino manuscrito y enrollable, tal como se empleó durante siglos. El cual, a su vez, fue la superación de la escritura sobre tablillas de arcilla o de madera. Corteza o pergamino, papel o pantalla, todas son instancias históricas del “libro”, en cuanto cumplen esencialmente el mismo objetivo: ser depósito perdurable del pensamiento. La apariencia es secundaria, en principio.

Del mismo modo que una carreta no es idéntica a un automóvil, un rollo de pergamino no es idéntico a un volumen impreso, ciertamente. Pero en ambos casos hablamos de vehículos cuya razón de ser no se ha modificado: la carretera y la literatura. Y la finalidad también siguió siendo la misma: unos transportan cosas, animales y personas; los otros escrituras y lecturas. Dejemos para más adelante la incidencia de cada formato específico en la operación del entendimiento y prestemos atención a este otro punto: aquello que llamamos “libro”, tenga el aspecto que tenga, es un medio de transporte de pensamientos, definiciones, revelaciones, modos de expresar la vida y el mundo, puntos de vista, imaginaciones, posturas frente a la realidad.

Depósito y vehículo, eso es un libro. No es que la modalidad de escritura o de lectura no tenga importancia, sino que cumple una función inferior y subordinada. Un libro es literatura y la literatura es pensamiento, y el pensamiento responde a otra clase de formatos: lo cierto y lo falso, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo. Lo demás es secundario. Cualquier modalidad de escritura sirve para trasladar, por ejemplo, esta sentencia de un premio nobel que encontré impresa en un suplemento literario, a modo de frase para la agenda: “Estoy completamente convencido de que una persona que lee, y que lee bien, disfruta muchísimo mejor de la vida”. Si este pensamiento viaja y perdura, ¿qué importancia tiene el modo en que lo haga? Esta afirmación de Vargas Llosa no es sino la reiteración de un engaño que sigue dando la vuelta al mundo: lo importante es el libro, no su contenido; lo que importa es la lectura, no lo que provoca.

Recuerdo a Filmus ministro, en el 2007, en plena campaña por la intendencia, inaugurando la Feria del Libro argentina y vanagloriándose de haber entregado gratuitamente a los porteños un millón de ejemplares diversos, entre los que se contaban escritos de Rodolfo Walsh y Marco Denevi. En realidad no eran libros, sino folletos de 16 páginas, con sendas cartas introductorias de Heller y el propio Filmus. Una nota en un periódico concluía con esta graciosa reflexión: “El kirchnerismo se esperanza con que al menos los porteños les den una leída antes de encontrarles alguna utilidad”. Filmus la copió en su página.

El libro, nada más que el libro, sea de quien sea, diga lo que diga, es objeto de veneración, motivo de dicha, signo de salud espiritual. Un ídolo. Pero repito: no es una ingenuidad sino una falsedad, un engaño. Hay dos clases de censura: convencional y encubierta. Por mandato prohibitivo y por dominio del “mercado cultural”. Está a la vista cuál es la única eficaz. Pero me conformo en esta ocasión con solamente rozar el asunto.

Si es para leer ciertas cosas, ¿es conveniente que la gente lea? No se trata de leer o de leer bien, como dice el nobel, sino de leer algo que haga bien. Hasta donde sea posible, bello; pero sobre todo cierto. Es lo único que se puede “leer bien”. Para el peruano, por el contrario, fuente de libertad y felicidad es la incertidumbre, “una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar”. Ahí tenemos una idea dañina puesta en un envase ordinario, más bien mersa, de fácil consumo.

En fin, da lo mismo que el pensamiento viaje en onda electrónica por la red o en las alforjas de un camello por las orillas del Caspio. Cualquiera sea el formato, el error seguirá siendo transportable y perdurable. Pero también la verdad, aunque ya no lo parezca.

Letras, ideas, posiciones: hacia allí nos dirigimos. No creo que sea necesario inventar más vocablos para representar la turbulencia actual. Ni necesario ni conveniente, al menos para mí. Si no me controlo, mi mente vana, buscando interpretar el presente estado del pensamiento y la literatura, no logrará sortear un imaginario acoso de letreros, letrinas y deposiciones.

 * * *

En este nuevo formato de e-book o libro “digital” se llevan publicados cientos de miles (por decir una cifra) de títulos antiguos y modernos. Sin embargo, a la par, siguen imprimiéndose cada vez más libros “de papel”. Es decir, continúa aumentando la cantidad de ediciones en ambos formatos. En otras palabras: el e-book no es una modalidad de reemplazo, no todavía, y quizás nunca lo sea (aunque su producción ya no se detiene). Lo que digo es fácil de constatar, recorriendo librerías, catálogos y suplementos literarios. Se cierran librerías, sí, pero se abren otras, reales o virtuales, y todas rebalsan de volúmenes, novedades y reediciones. En todos los tamaños y para todas las aplicaciones. Se puede verificar de manera sencilla, contando los títulos mencionados en un solo ejemplar de un suplemento literario. Aun filtrando, para mayor comodidad, los libros de cocina, las cartas secretas de Clark Gable a Lady Margot y las visiones de la duquesa de Jarapatilla, la cantidad de ediciones impresas y digitales es abrumadora.

Como una reconquista que provoca mayor emoción esa segunda vez, el libro pasó a ser ahora objeto de devoción. Sin embargo, es difícil encontrar a alguien leyendo; con suerte, algún joven solitario en un umbral o en un tren. Las últimas imágenes que tengo son de hace bastante y se ubican en colectivos: un muchacho esmirriado con un libro de Savater y un joven rabino con su Torá. De esto último tengo pruebas; de aquello no, estaba lejos. Así que, ¿quiénes leen tantos libros? Por todos lados se ve a la gente apretando teclas, no pasando páginas, ni siquiera páginas electrónicas. ¿Los tomos se acumulan en la mesita de luz y se degluten noche tras noche? ¿La gente asiste a las bibliotecas públicas? –¿quedan bibliotecas públicas? ¿Leen 10 páginas de cada libro y los abandonan para siempre? ¿Los reader, cargados a reventar, sirven de adorno? Tal vez un tres por ciento de la humanidad se encarga de asimilar el noventa por ciento de los libros editados, a modo de un experimento gnóstico. O en una de ésas –no sé si me sorprendería– sólo los buenos libros encuentran verdaderos lectores, y lo demás es filfa.

La situación actual también se podría describir como el repunte previo a una enfermedad o un peligro terminal: imagen bradburyana que es útil considerar, aun cuando se advierta, en principio, algo muy  distinto. ¿Mayor variedad y tiradas reducidas? También está eso, aunque no alcanza para justificar la cantidad de librerías, reales y virtuales, y la abundancia de sus listados y estanterías. Y apenas me atrevo a pensar en el surgimiento de otro canal de blanqueado, pues parece un absurdo que hasta Volkoff descalificaría. Pero, insisto, todo debe ser considerado en la primera aproximación.

¿Cómo se explica tal estrépito literario? ¿Acaso el género humano, en su mayor parte, se volcó a escribir y a leer sin cesar? Quizás me veo condicionado por la realidad de mi propio contexto y oficio, y en realidad éste es un fenómeno principalmente argentino, o aun más, específicamente porteño. Podría haberme inclinado hacia esta hipótesis en la segunda mitad del siglo pasado, en pleno auge de la “ciudad que no duerme”, pero lo cierto es que muchas de las características de aquella Buenos Aires desaparecieron; ésta tiene otros motivos para el insomnio. De todos modos, una realidad más abarcativa queda indicada en las “ferias del libro” locales o internacionales, donde se puede apreciar la cantidad de títulos editados en muchos puntos geográficos, además de las grandes ciudades.

Confieso que no quiero ir de inmediato a la respuesta sencilla; a saber: que realmente se leen todos los libros que se editan; no todos los ejemplares de cada título, pero sí una buena cantidad. Eso explicaría muchas cosas, mas no soy dado a creer en las explicaciones simples; no al menos en las explicaciones tan simples. Habría que demostrarlo, y demostrarlo es imposible. Porque, además, está fuera de duda que todos dedicamos, quien más, quien menos, una cantidad de horas diarias a la pantalla. Lo cual conspira contra la lectura convencional, no sólo porque falta el tiempo físico, sino porque empieza a faltar el ojo físico. Y ni qué decir la capacidad de atención. En fin, lo único que podemos hacer es tratar de construir una hipótesis. O mejor dicho, proveernos de elementos para construir una hipótesis.

Pero antes de llegar a eso, algo más. Es procedimiento rutinario el intentar determinar, ya puesto un resultado, qué acciones o sucesos condujeron a él. Por ejemplo, si se eliminó en una persona su atracción natural hacia los animales, tal vez se deba a que a partir de cierto momento su casa fue invadida por los perros; y si son las flores las que ya no soporta, quizás haya ocurrido que su esposa lo encerró durante un mes en un vivero, o en una sala repleta de las deshojadas margaritas de Vargas Llosa. La saturación es una estrategia eficiente: siempre genera un fuerte sentimiento de repulsa, que muchas veces perdura. ¿Es esto lo que ocurre, un contra-fahrenheit? ¿Nos inundan de lecturas para que, en última instancia, la acción de leer (y de pensar) nos termine repugnando? Encima, hay manipulaciones y repeticiones ideológicas que son como rebencazos en el lomo, pero facilitan la domesticación.

Sea por agotamiento, miedo, hartazgo o acumulación de incertidumbres, el punto de llegada es siempre el acostumbramiento. Exista o no un plan, existe un resultado. Pero si el plan existe, ¿qué hombre o grupo puede tener el poder suficiente para llevarlo a cabo? Contra esto, ¿quién dijo que se trata nada más que de un plan humano? No descarto la advertencia de Chesterton: una buena novela de detectives no debe contar nunca con una aparición sobrenatural para la resolución del crimen. Claro, Chesterton sabía que ese recurso estaba reservado a la más sublime de las novelas de detectives, escrita a lo largo de capítulos inmensos que recorren la entera historia del mundo, con personajes fantásticos y oscuros y seres invisibles o triviales que se dirigen a un desenlace imposible de imaginar.

Es cierto que no hay que achacarle al maligno aquellas cosas en las que nos destacamos por nuestra cuenta, sin necesidad de aporte externo. Pero, por bueno que sea nuestro desempeño, parece haber algo más, algo que hace cada vez más sólida y perdurable esta curiosa edificación literaria. Algo como un revoque que no es aplicado por el albañil durante la jornada, pero que el hombre encuentra allí cada mañana al retomar su tarea.

Las imbecilidades, las injusticias, las crueldades, las canalladas que conocemos y presenciamos todos los días, nacen de errores y malas disposiciones que tienen su origen en algunos puntos neurálgicos, la crianza y la docencia sobre todo, pero también la literatura, el pensamiento escrito, sea ensayo o novela, impreso o digital, manual o revista, cartel o folleto.

En lo que hace a nuestra exclusiva competencia terrena, me inclinaría a pensar que aquello que denominamos “mundo cultural” –principalmente su núcleo central: artistas, pensadores, profesores, críticos, productores, comunicadores– no es más que una abigarrada y estática turba en la que cada uno de sus miembros señala con pasión hacia un lugar distinto, y aún más apasionadamente defienden la ilusión de que se dirigen al mismo lugar. O mejor, una calesita grande y veloz en donde los jinetes gritan, giran, disfrutan y practican ademanes victoriosos con sus espadas magníficas, mientras sueñan que avanzan hacia la tierra de fantasía. En definitiva, no saben lo que hacen ni hacia dónde van, pero lo ejecutan de manera exultante. Ahora bien, si tales imágenes son aceptadas, es porque ponen en evidencia algún tipo de realidad más compleja, lo cual es indicio de una acción externa a la de los centros culturales; y, en el fondo, extrínseca a la libertad humana.

Paparruchas mías, seguramente. Proceden de suponer con ingenuidad que sé muy bien cuáles cosas no desatendería en ningún momento, si fuera el diablo. Pero aun cuando respecto de varias cosas pueda comportarme como una clase de diablo, no lo soy. Y dado que las suposiciones e imaginaciones referidas a esa creatura no se deben tomar a la ligera, ya mismo cambio de párrafo.

Para venir a anoticiar, a quienes no lo sabían, que el pasado 17 de noviembre, desde la madrugada, se congregaron alrededor de 40 mil personas en las inmediaciones de la librería El Ateneo (Santa Fe y Callao, Buenos Aires). Cuadras de fila y horas de espera. Hacia el mediodía se conoció el motivo de la congestión: de tres camiones de mudanza empezaron a descargar ejemplares del  libro Nada que perder, autobiografía de Edir Macedo, brasileño fundador de la “Iglesia Universal del Reino de Dios”, con 30 millones de seguidores sólo en su país. El holding Planeta, editorial a cargo, informó que se vendieron en esa ocasión, a razón de pesos 90 cada uno, y directamente en la vereda, cerca de cincuenta y seis mil ejemplares de la historia del “obispo” pentecostal, con sabrosos detalles de su estadía en la cárcel. El dato parece más que suficiente como para suscitar la curiosidad de tantos miles de personas, aunque adivinamos que el libro también incluye otras muchas ideas y travesuras de este hombre que paró de sufrir hace rato.

Es nada más que el extracto de una columna en letra chica, en la página 3 de otro suplemento literario argentino. El mismo desde cuya penúltima página, la 28, en un recuadro aún más pequeño, la escritora mendocina Liliana Bodoc nos anticipó el contenido de su próxima novela: el evangelio según un perro que acompañó a Jesús durante sus últimos días.

 * * *

La mayor parte de la literatura moderna es una extenuante repetición, no de ideas gastadas, sino de ideas que jamás pudieron usarse. Una y otra vez las mismas, dichas de infinitas maneras a lo largo de los siglos, en cantidad y variedad suficiente como para mantener al gentío de cada época medianamente expectante y contenido. Y acostumbrado. Ideas que siempre proclaman en primer lugar la felicidad del individuo, para mantenerlo circulando sobre sí mismo dentro de un circuito asegurado.

El criterio de verdad, para este avejentado pensamiento, sólo consiste en aquello que es posible inventar o imaginar. Sus promotores han trabajado incansablemente para que el hombre apague su instinto religioso, reniegue del misterio, tuerza su creencia, ignore la revelación, se aleje de la realidad. Y la primera realidad que el hombre desatiende es, paradójicamente, su propia alma. Sin la razón, el hombre queda encerrado en un túmulo, donde ya sus expectativas resultan inservibles. La imaginación se atiborra de sí misma y, al fin, literalmente hablando, se abarrota. Por eso la literatura actual se reduce casi enteramente a la ficción y al efecto visual, y esta capacidad de fingimiento es el único talento que se exige y que se aprueba. A eso quedó atado el arte y todas sus manifestaciones, porque a eso quedó atado el pensamiento: a la imaginación y al deseo. Una trayectoria evasiva, un centro de diversiones, una fábrica de imposibilidades: es muy difícil hallar un punto de verdad dentro de una literatura cuyas únicas razones proceden de la propia literatura.

La inteligencia, una vez alojada en el espacio de una idea errónea o absurda, o lo que es casi lo mismo, en la periferia de un mal libro, sólo conserva la capacidad ilusoria y pugnante propia de una jaula. No una jaula pequeña y angosta, sino tan extensa y amplia como el mundo que se percibe a través de los barrotes. ¿Con qué se alimenta el hombre? Con algo de comida que le arrojan y un tacho de agua roñosa. Con frases sueltas.

Las diferencias esenciales se dan entre los distintos pensamientos, es decir, entre los distintos autores. Pero el viaje a través de la mala literatura y los malos libros –las ideas confusas, las fabulaciones egocéntricas, los clausurados senderos imaginarios, las incertidumbres– es siempre el mismo, sea cual sea la modalidad que se elija. Los autores de malos libros, por cualquier mano que circulen, recorren un solo asunto como la única verdad: que el hombre es el centro y el fin de todo. Sea en el pescante de una carreta o en el volante de un automóvil, quien conduce un vehículo con estas ideas a bordo es nada más que un chofer.

* * *

En el año 2009, el escritor Heriberto Yépez le dirigió estas líneas a Carlos Fuentes, el reconocido autor mexicano:

“Primero que todo, obviedad, usted construyó parte de la mejor literatura mexicana. Y sospecho que –y he aquí parte central de la presente carta tránsfuga– la novela mexicana contemporánea se trata de la fragmentación de las distintas novelísticas implícitas en su obra. Unos se quedaron con su afán polifónico-totalizador; otros con su afán minimal-estilístico. Y en el futuro otros se quedarán con su novela para lector común. La literatura no es angelical; es consanguínea de las condiciones psicohistóricas de su época. Por ende, su forma literaria refluja la estructura del Partido Revolucionario Institucional”. La cursiva no es mía.

Si las ideas dependieran solamente de la expresividad, de la imaginación, del formato, de la disciplina ideológica, de la cantidad de ejemplares o de los premios de los jurados, difícilmente encontraríamos algo de buena literatura en el mundo. Nadie podría calmar la sed con agua limpia.

Pero las mejores obras, y todos los pensamientos que aún responden al impulso original de la vertiente, seguirán encontrando cauces protegidos. Se habrá empequeñecido esta realidad, se habrá angostado, pero aún existe y siempre hallará su curso.

En 1945, con motivo de la publicación de Vocación de escritor, de Hugo Wast, Castellani le había enviado al autor una carta, de la que copio un fragmento:

“Su libro trivial y fino, su libro vagabundo y anecdótico, su libro amable y chistoso, me ha hecho el efecto de un cañonazo, me ha recordado demasiado fuertemente que esa liviana vocación de escritor que tenemos todos los argentinos, lejos de ser una especie de privilegio de caburé, puede ser en los designios arcanos y juguetones de la Providencia el único medio posible y practicable de salvar mi pijotera alma. Porque detrás de sus anécdotas está su alma. Y un alma es un explosivo” (leer completo).

Como se ve, dos formatos distintos, de escritor a escritor. Pero ya estamos empezando a hablar de cosas extraordinarias, así que mejor sigo en otro momento con estas desmañadas reflexiones sobre el librerío en el que estamos metidos.


 

El principal secreto del oficio


por El Editor
25/09/12



Quedaron señalados dos aspectos importantes: finalidad y perseverancia.

        No hay expresión mejor, ni tiempo para buscarla. Vaya así: el principal secreto del oficio son las deudas.

        La explicación es simple.

        Lo común es que pensemos en aquello que dimos y en aquello que hicimos, en lo que somos y en lo que queremos; en nuestros sueños, nuestros talentos, nuestros sacrificios. Lo común es pensarnos.

        También es común que depositemos nuestras ocupaciones y preocupaciones a los pies del Señor, de María santísima, de los ángeles y los santos, destino de nuestras plegarias y de nuestro culto. Es común este ir y venir entre el cielo y nosotros mismos.

        Y, dentro de todo, es común también que pidamos por los próximos, y que por ellos demos gracias.

        Pero agradecerles a ellos, ser agradecidos con ellos, eso no es común.

        Los familiares, los amigos, los maestros, los benefactores, vivos y muertos.

        En cada punto del viaje, alguien nos dio algo sin exigirnos mucho. O nada, ni el acierto.

         Pero no llevamos registro riguroso. Nos distraemos. Volvemos a concentrarnos en el curso de nuestra propia estela. Olvidamos que seguimos endeudados.

       Luego, a la hora de la injusticia, nos preguntamos por qué. Cuando llega la ofensa, nos defendemos y nos indignamos como si no la mereciéramos.

        La merecemos. Por la desmemoria.

        Hay que aplicarse a ubicar los lugares, evocar los momentos, reconocer los rostros. Nombrarlos.

        En verdad, es el principal secreto de cualquier oficio: ser agradecidos.

        Es, en sí mismo, un oficio.

        Una cuesta, un ascenso impostergable: subir más arriba de lo que dimos o devolvimos, pues aun eso dependió de lo que recibimos. De la generosidad, de la sabiduría, de la experiencia, de la amistad, de la confianza, de la compañía, del amor de los demás.

        Sin ellos, no hubiéramos podido.

        Cada día, y especialmente en la hora de la prueba, grande o pequeña, recordemos nuestras deudas.

        Pidamos a Dios que nos ayude a no dejar atrás a nuestros silenciosos acreedores.

        Si nos tomamos el tiempo necesario, si hacemos el silencio suficiente, si nos ponemos a considerable distancia de nosotros mismos, recordaremos todo y recordaremos a todos.

        Cada uno debe estar dispuesto a editar éste, su ejemplar único, el más impagable entre los libros de los hombres.

        Quedaron señalados dos aspectos importantes para el cumplimiento de esta tarea: finalidad y perseverancia. Pero ya no nos demoremos en su explicación. Sería seguir nombrándonos.

        Hay una cuestión mucho más honda que debemos señalar. Y pronto, antes de que se enfríe el surco abierto por los dimes y los diretes.